entorno (2)

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(Omraam M. Aivanhov)

Renovarse para seguir despertando el interés en su entorno -

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"Algunas personas muestran siempre la misma cara, petrificada, inexpresiva... ¿Cómo no se dan cuenta de lo desagradable que es para los demás tener ante los ojos a alguien de quien no se siente nunca nada nuevo, vivo, animado? ¡Qué aburrimiento! A menudo, es incluso causa de separación en las parejas.

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A fuerza de ver en el otro las mismas mímicas, los mismos gestos, las mismas actitudes, y de oír las mismas palabras, las mismas reflexiones banales sobre los mismos temas, uno de los dos ya no lo soporta más y se va. El que no sabe renovarse no debe extrañarse si, al final, el otro, cansado de esta monotonía, se va a distraerse a otra parte. Y lo mismo sucede con los amigos: ¿qué placer podemos encontrar en frecuentar a gente sobre la que podemos prever de antemano la cara que van a poner y de lo que van a hablar?

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Ya hay suficiente monotonía en la existencia cotidiana. Para hacerla más soportable, hay que pensar en poner en ella un poco de novedad, de diversidad, de poesía. Así que, ¡cuidado!, si te presentas siempre de la misma manera, contando las mismas cosas, los demás se cansarán y se apartarán de ti. Debes saber renovarte y todos te amarán, porque emanará de ti algo expresivo, vivo, un brote que les beneficiará."

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CREAMOS NUESTRO PROPIO ENTORNO

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ENVIADO POR ROBERTO

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CREAMOS NUESTRO PROPIO ENTORNO

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En virtud de esta ley, cada persona crea su propio entorno o “atmósfera”, que estará determinada por el carácter de los pensamientos que habitualmente albergue. En realidad, será simplemente la atmósfera de su pensamiento, la que los demás detecten e influya en ellos.

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Así pues, cada persona crea la atmósfera de su propia estancia y cada familia, la de la casa en la que habita; por eso, en cuanto entramos por la puerta sentimos las influencias derivadas de los pensamientos y, por consiguiente, de las vidas de quienes moran en ella. En unas ocasiones es un sentimiento de paz y armonía, y en otras de desarmonía e inquietud. A veces nos sentimos cálidamente acogidos y a gusto, y a veces la frialdad con que se nos recibe nos da ganas de salir corriendo; y lo que percibimos en uno y otro caso es simplemente la actitud de pensamiento de sus moradores, pues quizá en ninguno de los dos se hayan intercambiado aún más que unas pocas palabras. Del mismo modo, son los estados mentales que existen en una congregación de personas lo que determina la atmósfera de una asamblea, iglesia o catedral determinadas, y es la cualidad mental de los habitantes de una localidad lo que determina la atmósfera de ese pueblo o ciudad. Los pensamientos afectuosos que envía un amplio círculo de gente mientras anima a un deportista le permiten a este alcanzar metas a las que jamás hubiera llegado con su solo esfuerzo. Y lo mismo puede decirse de un orador y su público.

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El ejército de Napoleón se encuentra en el Este, y la peste ya ha empezado a avanzar entre sus filas. Hay largas hileras de hombres, que yacen en camillas y en el suelo en una explanada colindante con el campamento. El miedo se ha apoderado de todos, y los hombres caen enfermos uno tras otro. Napoleón entonces, con amplitud de miras, desoyendo los ruegos de sus oficiales, que insisten en que exponerse al contagio significa la muerte segura, con semblante tranquilo y audaz, con paso firme y desafiante, se abre paso entre las filas infectadas por la peste. Se acerca a los soldados, les habla, los toca; y ellos, al verle, llenan el aire con un poderoso clamor: «¡El Emperador! ¡El Emperador!», y a partir de ese instante el avance de la peste se detiene en seco. Henos aquí ante un magnífico ejemplo del poder de un hombre que, gracias a su formidable valor, a su absoluta falta de miedo y al poder de su mente, pudo irradiar dichas fuerzas, que, por su parte, despertaron fuerzas afines en la mente de miles de hombres; y estas últimas, a su vez, dominaron los cuerpos ahuyentando así a la peste, e incluso a la muerte misma. Es uno de los más claros ejemplos de un hombre de formidable poder mental e implacable fuerza de voluntad, y, al mismo tiempo, es ejemplo de una de las mayores derrotas que, tomando la vida en su totalidad, el mundo haya conocido.

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Estamos mucho más influenciados por las fuerzas de pensamiento y los estados mentales de aquellos que nos rodean, y del mundo en general, de lo que podamos siquiera imaginar. Hemos adoptado innumerables creencias y prácticas, hipnotizados, por así decirlo, o semi hipnotizados por la influencia de los pensamientos de otros, aunque no exista intención consciente ni por su parte ni por la nuestra; y el grado en que estemos influenciados y esclavizados guardará relación directa con nuestra incapacidad para reconocer el alcance y omnipotencia de nuestras propias fuerzas. Cuando las ignoramos, nos hacemos esclavos de la costumbre, de los convencionalismos, de la opinión de los demás, y, en igual medida, perdemos nuestra individualidad y nuestro poder.

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Cada uno de nosotros construye su mundo desde el interior, y si las fuerzas externas interfieren, es porque les permitimos que lo hagan. Pero está en nuestra mano determinar que esas fuerzas sean positivas, enriquecedoras, ennoblecedoras y que conduzcan a la plenitud, o negativas, degradantes, debilitadoras y que conduzcan al fracaso. (Fuente: “La vida mística” – Ralph Waldo Trine)

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