VALORA LA SENCILLEZ

En mi opinión, estamos en un tipo de sociedad que nos propone -y casi nos impone- ciertas cosas que realmente no son necesarias pero nos las plantea como obligatorias e indispensables; tal vez es que aceptamos algunas condiciones o normas que nos invitan más a la ocupación, a estar distraídos, a tener que ocupar el tiempo con cosas superfluas, y por eso nos perdemos demasiado a menudo lo sencillo, lo simple, lo natural, lo elemental.

A veces nos volvemos insaciables, y ninguna de la multitud de propuestas que nos hace la sociedad, con sus inventos y su tecnología, nos llevan a la plenitud, a la sensación de contacto con uno mismo, a la impresión de sentir algo así como “este soy yo y esta es mi vida”.

Se puede decir que “no hay nada comparable a la presencia de uno, en su totalidad, ante una puesta de sol”, y es cierto; se puede decir “ninguna cosa aporta un placer equiparable a un paseo por el campo o la montaña”, y también es cierto. Como también es cierto que hay cosas muy elaboradas, muy sofisticadas o rebuscadas, aparentemente deslumbrantes, que no aportan una satisfacción equivalente a su aparatosidad.

Muchas veces nos perdemos en las cosas artificiales que nos aportan satisfacciones pero que son efímeras y bastante vacías; una vez que su teatralidad nos deja de deslumbrarnos, se quedan en nada, mientras que una conversación agradable, incluso aunque se hayan olvidado todas las palabras que se dijeron, nos deja una sensación agradable que se convierte en imborrable.

La inteligencia de la vida nos propone retomar, o no olvidar, placeres que están a mano, en los que uno es plenamente partícipe y no solamente un engranaje, como por ejemplo… leer. Darse el placer de esa intimidad que se puede llegar a provocar: la soledad, un libro y uno mismo.

O pasear. En soledad o en compañía. Ambas cosas pueden ser enriquecedoras. Pasear por un lugar agradable, que aporte lo que uno necesita de fuera en ese momento.

O darse un paseo interior. Cerrar los ojos y contactar con uno mismo sin las distracciones externas, evitando cualquiera de las invitaciones o incitaciones que nos separan del interior. Entrar en uno. Relacionarse con los propios sentimientos y emociones. Mecerse en los recuerdos agradables, añorar sin pena a los seres queridos que no están con nosotros.

Escuchar música mientras no se hace otra cosa que escucha música, dejándose llevar por los sonidos de los instrumentos, por las voces, por las emociones que eso nos provoca.

Relajarse. Hacer meditaciones. Respirar.

Buscar un hobby, una actividad placentera, una distracción que lleve a tener satisfacciones, mientras aportan la simplicidad que hace que todo sea más sencillo, más humano, más íntimo.

Hay un grupo de cosas muy placenteras que son gratuitas, que son sencillas, que no requieren grandes montajes ni inversión. Búscalas. Permítetelas. Disfrútalas.

Date esos placeres y valóralos.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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