Palabras de Rabrindranaz Tagore a los estudiantes japoneses de Tokio

 

   De cierto os digo,  que si no os volvéis y os hacéis como niños,  no entraréis en el reino de los cielos. (Marcos 10,15; Lucas 18,17)

 

Palabras de Rabrindranaz Tagore a los estudiantes japoneses de Tokio

Mis queridos amiguitos: No os asustéis de mí, ni creáis que voy a daros una larga conferencia, ni un buen consejo, ni lecciones morales.
Ya se yo que estoy imponente con esta barba cana mía, mi pelo blanco y mi ropón indio.

Los que solo me conocen por fuera, creen equivocadamente que soy un viejo, y me dan el lugar mejor, y se quedan a distancia en señal de respeto; pero si yo fuera a enseñaros mi corazón, veríais lo joven y lo tierno que es, tal vez más que alguno de vosotros.

Y veríais también que soy lo bastante niño para creer en cosas de las que las personas maduras y aún los mismos estudiantes de estos tiempos de superior sabiduría se avergüenzan; digo que creo en una vida ideal. Creo que una ardilla esconde una fuerza viva en su belleza, más poderosa que un cañón Maxim. Creo que, en el canto de un pájaro, la naturaleza se expresa con una energía más grande que la que el rugido ensordecedor de un bombardeo manifiesta.

Creo que un ideal se cierne sobre la Tierra, un ideal, de un paraíso que no es un mero producto imaginativo, sino la última realidad a que tienden todas las cosas. Creo que esta visión del paraíso es evidente en la luz del sol, en el verdor de la tierra, en el manar de las aguas, en la hermosura de la primavera, en la paz de la mañana de invierno. Por todas partes este espíritu del paraíso está despierto y saca su voz de la tierra.

Somos sordos a su llamada, la olvidamos; pero la voz de la eternidad se derrama como de un órgano potente y llega a lo más hondo de nuestro ser con su música. Aunque no lo sepamos, es verdad que en todas partes hombres y mujeres viven en el ambiente de estos sonidos y que esta voz de lo eterno les llega a su interior oír. Ella modula la melodía de las arpas de la vida, impulsándolas en secreto a afinar nuestras vidas propias, de acuerdo con el ideal, y a elevar nuestra aspiración al cielo, como las flores exhalan su aroma en el aire y los pájaros sus cantos. Aún los más depravados se han conmovido en algunos momentos de su vida con esta voz y por eso no se han perdido del todo; han sentido en lo más hondo una belleza bajada a ellos del cielo mismo.
Los ALHELIES, espigas perfumadas

Es posible que estas cosas os parezcan aleluyas infantiles, demasiado disparatadas para que las crea una persona mayor. Pero yo soy uno de esos niños que nunca se hacen viejos, y me atrevería a pediros que me acogieras como a uno de vosotros.

Sé que algunos de los que me oyen están estudiando para maestros. Esa es también mi vocación, pero no me prepararon para ello. Yo tengo una escuela dónde intentamos inculcar a los niños la ciencia mejor y los más altos ideales de la vida. He de confesar que yo fui un tunante y que dejé de ir al colegio cuando tenía 13 años; con que mi ejemplo no es bueno de seguir; pero luego he tratado de desquitarme del tiempo perdido y me he puesto a esta tarea de enseñar a mis niños de Bolpur.

Para ser maestro de niños es completamete necesario ser como un niño, olvidar lo que sabemos y que hemos llegado al término de los conocimientos. Si se quiere ser un verdadero guía de niños, no hay que pensar en que se tiene más edad, ni que se sabe más, ni nada por el estilo; hay que ser un hermano mayor, dispuesto a caminar con los niños por la misma senda del saber elevado y de la aspiración. Y el único consejo que puedo daros en esta ocasión, es: “Que Cultivéis El Alma Del Niño Eterno”.
 

 

Y para finalizar, deseo regalarles el poema La Niña Grande de Bertha Torres Valdés, una poeta jerezana:

En el dédalo del tiempo

se me perdió Niña Grande

la que cantaba de luna

y suspiraba de viaje.

 

Se metió en el vericueto,

en la espiral, la vorágine,

y yo perdíla de vista

y perdíme su floramen.

 

Seguro corrió y corrió

viéndose en perdido trance

y luego se acurrucó

en algún rincón del aire.

 

Seguro quedó dormida,

vencida por Nada y Nadie.

Pasó hibernando las horas

de cultivo y cosechaje.

 

¡Qué kilómetros de viento

se perdió la Niña Grande

metida en aquel rincón

de suspiros sollozantes!

 

Hoy que la volví a enocntrar

de palabras hecha imagen

lloreé lunas y tormentas,

lloré fiestas y pesares.

 

Pobrecita Grande Niña.

Pobrecita Niña Grande.

La que cantaba de gracia

y temblaba de floramen.

 

Pobrecita Grande Niña.

Pobrecita Niña Grande.

Se murió en el abandono

en algún rincón del aire.

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