HAY QUE ATREVERSE A DESOBEDECER

En mi opinión, durante la infancia nos imponen una educación que está basada en la obediencia sin discusión, y nos queda inculcada y grabada de tal modo que aun siendo adultos no sabemos o no podemos o no nos atrevemos a desobedecer.

La educación actual y pasada se fundamentan básicamente en el premio y el castigo. Si te portas bien y eres bueno –según el criterio y conveniencia del educador, claro- te quiere y juega contigo –premio- pero si te portas mal y eres malo –según el criterio y conveniencia del educador, claro- no te quiere y no juega contigo –castigo-.

Si obedeces –aunque no estés de acuerdo- tienes el premio de la aceptación, pero si no obedeces –porque no estás de acuerdo- tienes el castigo del rechazo o el enfado. ¡Cuántas veces hemos oído “si te portas mal, mamá -o la abuela o la tía o quien sea- no te va a querer”, y esa es la amenaza más trágica y terrible que se le puede hacer a un niño que necesita imprescindiblemente sentirse querido!

Te obligan a obtener buenas notas en el colegio, y si lo hacer tienes el premio de una sonrisa, una aceptación incondicional, una felicitación y, posiblemente, un regalo. Si obtienes malas notas te regañarán, y además recibes el castigo de quedarte encerrado en casa, de no tener acceso a los juegos o aficiones que te dan placer, y de que no te acepten.

Así que nos obligan a acostumbrarnos a obedecer si es que queremos sobrevivir –que es el objetivo básico y fundamental de cualquier niño-, y obedecemos –sin cuestionarlo- tanto mandatos claros como mandatos subliminales.

Nos hacemos adultos y seguimos obedeciendo mandatos y consignas que nos grabaron en la infancia y, lo que es peor, no somos conscientes de que seguimos haciéndolo. Se han convertido en esas normas que no sabemos de dónde han salido pero que nunca nos cuestionamos y nos acaban pareciendo normales.

Como somos obedecedores inconscientes no nos damos cuenta de cuál es el motivo auténtico de la mayoría de los mandatos que nos mueven por la vida. De ahí surge, precisamente, la NECESIDAD de revisar todas las cosas que hacemos, el modo en que actuamos o pensamos, o el origen de los miedos que nos gobiernan, y eso se consigue a base de hacerse continuamente las grandes preguntas: ¿POR QUÉ? y ¿PARA QUÉ?

Encontrar sus respuestas nos puede llevar al origen de nuestros motores y motivaciones, o sea, a darnos cuenta de que muchos de nuestros pensamientos no son nuestros o de que muchas de las cosas que hacemos no las hacemos porque hayamos decidido libre y voluntariamente hacerlas sino que se deben al cumplimiento de una orden subliminal que actúa sin nuestro consentimiento expreso.

Pero, claro… en nuestro interior inconsciente eso de decidir hacer algo de un modo distinto a como nos ha sido inculcado es un acto impensable, porque es desobedecer a nuestros padres o a las figuras que nos educaron. (Hay quienes en lugar de “educación” dicen “educastración” y me encanta la palabra porque lo define perfectamente).

Y eso es un gran conflicto. Ese niño interno que se manifiesta más a menudo de lo que creemos, y que sigue actuando amenazado por el binomio premio-castigo, no se atreve a desobedecer porque sabe que el resultado es el castigo. Y sabe las pérdidas y los problemas que los castigos conllevan.

El primer paso es, por supuesto, darse cuenta de cómo actúa uno ante cada situación, de dónde surge ese modo de actuar, y si está actualizado y es propio o es algo que está ahí pero realmente no nos pertenece.

Seguimos siendo niños sumisos –y eso no es bueno- en demasiadas ocasiones, y algo interno nos frena y nos impide ser y actuar como adultos en todas las ocasiones.

No propongo que haya que rebelarse contra todo y desobedecer todo, sino que hay que darse cuenta de por qué uno deja de ser él mismo y seguir su propio criterio y es y actúa como los otros desean. Por ejemplo, quien tiene un jefe en un trabajo sabe que tiene que obedecerle en las cosas que le manda relacionadas con el trabajo, pero solamente durante el tiempo de trabajo.

Me refiero más concretamente a esas cosas que uno hace –o que uno piensa- y le dejan una sensación frustrante de no estar siendo él mismo, o una sensación casi de esclavitud o de dependencia, o la sensación de descontrol por estar haciendo o actuando sin saber por qué lo hace.

Por ejemplo, si en la infancia se le dice o se le hace ver a un niño que es torpe, que es un inútil, que no acaba bien ningún encargo o tarea, se le está inculcando una idea que le va a acompañar el resto de su vida o, por lo menos, hasta que se dé cuenta de ello y lo desobedezca. Se le está diciendo “No confíes en ti”. Y, claro, por supuesto, ese niño cuando crezca no confiará en sí mismo porque obedecerá el mandato.

Todos –repito: todos- tenemos impresos en nuestra mente o en nuestro inconsciente algunos mandatos que obedecemos rigurosamente y, por supuesto, sin darnos cuenta de que lo estamos haciendo.

La propuesta es observarse continuamente uno mismo, ver qué hace o cómo actúa, y preguntarse el “por qué” y el “para qué” de eso, y preguntarse también el “por qué no” de otras cosas.

¿Por qué me considero torpe si luego que demuestro que no lo soy?, ¿Por qué no me atrevo a hacer ciertas cosas que sé que podría hacer?, ¿Por qué me boicoteo yo mismo alguno de los proyecto que tengo?, ¿Por qué siento en muchas ocasiones que no soy yo mismo sino que soy un personaje ajeno que vive dentro de mi cuerpo?,
¿Por qué me siento mal en ocasiones después de haber hecho lo que quería hacer?

Y para encontrar las respuestas conviene remontarse hasta la infancia, porque es allí donde se encontrará el origen de la mayoría de los problemas.

Cuando uno descubra los mandatos que le impiden ser libre, conviene aplicar la fórmula de los “permisores”, o sea, darse permiso repitiendo con ahínco frases llenas de convencimiento, ayudadas por la voluntad firme y consciente de cada uno, que comiencen diciendo con rotundidad “Yo merezco…” o “Yo tengo derecho…”

Hazlo. Te alegrarás.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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