SÓLO TIENES QUE DARTE EXPLICACIONES A TI MISMO

En mi opinión, nos equivocamos mucho cuando organizamos nuestra vida en torno a agradar a los demás.

Ponemos demasiada parte de nuestra estabilidad personal y emocional en sus manos, y les permitimos que nos manejen a su antojo, con sus intereses o su mala intención.

Pretender complacer sus pretensiones, sus deseos o sus caprichos, acaba volviéndose contra nosotros y perjudicándonos.

Les damos mucho poder a sus críticas y juicios, y hasta parece que les anteponemos a nuestros deseos, a nuestra tranquilidad o bienestar, y a nuestros propios intereses.

Muy a menudo los otros nos exigen que actuemos como ellos quieren, sin importarles lo que nosotros queremos, y nos imponen sus disposiciones, nos acorralan, nos acusan con o sin palabras, y nos marcan un camino por el que no siempre queremos caminar.

Conviene descargarse de estas imposiciones, dejar de obedecer con las orejas gachas, no callar lo que nos apetece decir, y rebelarnos contra su tiranía.

No podremos contentar siempre y a todos. Esto hay que tenerlo claro. Ni tampoco estamos capacitados para hacerlo, ni es nuestro deseo, ni tenemos por qué acatar impasiblemente sus instrucciones.

Es muy provechoso que nos convirtamos en “egoístas” y sólo sigamos nuestros deseos y nuestra voluntad cuando sentimos que el otro nos está imponiendo algo con lo que no estamos de acuerdo.

Actuamos en demasiadas ocasiones de cara a la galería pretendiendo complacer a los otros, lo cual resulta patético a veces, porque detrás de esa actitud se esconde en demasiadas ocasiones una baja autoestima o una necesidad desesperada de contar con su aprobación o su beneplácito.

Damos un exceso de explicaciones, nos justificamos innecesariamente, hacemos cosas que no nos apetece hacer porque no somos capaces de negarnos, pecamos de blandos y complacientes, y luego temblamos ante el juicio que los otros pueden emitir acerca de nosotros.

Jamás vamos a complacerles a todos y en todo. Ni siquiera el mismo Dios ha sido capaz de ser aceptado por todos, así que nosotros tampoco.

Conviene, y mucho, revisar que se esconde detrás de esa actitud, qué es lo que la motiva.

Además de la baja autoestima, también puede estar tras ello el hecho de que necesitemos que alguien nos dé unas caricias en forma de buenas palabras, nos agradezca, nos preste atención, nos haga sentirnos útiles o válidos.

Tras esa complacencia con que a veces respondemos a los pedidos de los otros se puede esconder una falta de Amor Propio. Ya que si uno no es capaz de amarse a sí mismo, y dado que el amor es un ingrediente necesario para sobrevivir, hacemos lo que sea, nos arrastramos, mendigamos, o complacemos, con tal de que los otros nos den algo que nos haga creernos que valemos, “que merecemos la pena”, que somos alguien.

Y la realidad es que no tenemos que dar explicaciones a nadie, no tenemos que justificar lo que hacemos, lo que decimos, o cómo somos.

No nos debería preocupar lo que van a opinar los otros.

Sólo tienes que darte explicaciones a ti mismo. Lo que haces, piensas, o lo que eres y cómo eres, sólo debe incumbirte a ti y a tu conciencia.

Si a ti te parece honradamente bien, es que está bien.

Los parámetros ajenos, sus intereses, sus modos, sus exigencias… son suyos. Si lo desean, que se los apliquen a sí mismos, pero no es necesario que todos los demás tengamos que regirnos por sus normas y menos aún, acatarlas incondicionalmente.

No actúes, no finjas, no renuncies, no te sacrifiques, no pisotees tu dignidad.

Sólo tienes que darte explicaciones a ti mismo.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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