QUE LO MÁGICO SIGA SIENDO MÁGICO

En mi opinión, tenemos algunas vivencias que nos han resultado tan maravillosas, tan amables, tan mágicas, que conviene mantenerlas intactas junto con el sentimiento que nos produjeron, junto con la emoción o la sonrisa o el amor con que las vivimos.

Y es mejor no tocarlas, no desmenuzarlas racionalizándolas, porque corremos el peligro de borrar la aura brillante de la que las hemos rodeado. El peligro de quitarles la magia.

Lo hermoso es ese asombro de aquel momento que nos permitimos vivir entonces en el que nos dimos permiso para ser llenados por aquello tan excelente; conviene mantenerlo sin preguntarnos el porqué, sin que la mente intervenga porque puede llegar a ser capaz de degradarlo hasta la categoría de vulgar. Y, aunque fuese algo vulgar, si para nosotros adquirió el grado de extraordinario… hay que mantenerlo como tal.

Una puesta de sol en Madrid, sobre la Casa de Campo, vista desde la plaza que hay entre el Palacio Real y la Almudena –que si la desmenuzo es igual que otras que he visto- dejó una marca imborrable en mi vida y no quiero bajarla de ese pedestal, porque cada vez que la recuerdo me emociono.

En mi infancia, un año en que los Reyes Magos no me habían traído ningún regalo, apareció de la nada una joven que me hizo entrega de un juguete diciéndome que los Reyes lo había dejado en su casa para mí. Que a nadie se le ocurra pretender decirme que era una humana que pasó por allí por casualidad. Para mí era, es, y seguirá siendo, un Ángel.

Los momentos asombrosos tienen que seguir manteniéndose tal como se sintieron, y no hay necesidad de quitarles lo que tienen de emocionante.

En la vida aparecen estos momentos más a menudo de lo que nos damos cuenta. Para darse cuenta, se requiere tener la percepción interesada y afinada, los sentimientos latentes, la atención ajustada y siempre activada. Y el permiso para emocionarse sin pretender entenderlo, sin dejar que la mente se entrometa.

Más que en la propia cosa en sí, la fascinación está en nosotros, en que dejemos la sensibilidad libre para captar desde el corazón, desde la ternura, desde el alma.

Todo es o puede ser excepcional… si no lo calificamos y clasificamos como vulgar o cotidiano. Aunque incluso lo vulgar y lo cotidiano visto con la mente des-condicionada, mirándolo como si fuese la primera vez y sin prejuicios, puede adquirir un nivel superior.

Está en nosotros la capacidad de emocionarnos, de ver el mundo con otra mirada –mirando desde el corazón hay una mejor vista de todas las cosas-, y de involucrarnos en crear momentos especiales, grandiosos, intensos, brillantes… o dejar que la vida se llene solamente de mediocridades.

Está en nosotros la capacidad de crear esos momentos para nosotros… y para los otros.

Este un asunto que requiere profundas reflexiones.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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