NO LE DES A LOS OTROS EL PODER SOBRE TU VIDA

En mi opinión, el hecho de no conocerse perfectamente –o por lo menos muy aproximadamente-, de no saber quién es uno mismo de verdad, permite que quedemos expuestos a las opiniones o críticas ajenas, y les damos tanto poder a los otros que pueden llegar –y llegan- a desestabilizar nuestra vida emocional.

Si uno tiene un concepto claro de sí mismo, y ese concepto es sincero y cabal, y permite que por lo menos pueda tener su dignidad a salvo, o que se sienta satisfecho de sí mismo en cualquier medida, cuando reciba cualquier alusión ajena a sí mismo, eso no le hará tambalearse –sea lo que sea que digan-, y menos aún caer.

Lo que nos digan los otros acerca de nosotros mismos está bien que sea escuchado, y que se revise con ecuanimidad para ver si tienen razón.

Si estamos de acuerdo con lo que nos digan de positivo, estupendo. Nos quedamos con ello. Confirma nuestra opinión propia y, además, nuestro ego –aunque no queramos- se siente satisfecho y nota un cierto orgullo que está bien.

Si estamos de acuerdo con lo que nos digan de “negativo” y no habíamos reparado en ellos antes, entonces es cuestión de agradecerles que nos lo hayan hecho ver con claridad. El siguiente paso es ponerse a la necesaria tarea de remediarlo, y dar un paso más en el proceso de Desarrollo Personal, en esa noble y cotidiana tarea de alcanzar el máximo mejoramiento posible, en esa labor de acercarnos a la perfección original que es cada Ser Humano.

Si no nos hemos dado cuenta de lo que nos dicen de positivo, es provechoso revisarlo y comprender y promocionar en nuestro interior esa cualidad de la que no estamos siendo conscientes, porque nuestra autoestima se sentirá reafirmada o engrandecida con esa aportación de algo agradable de lo que no éramos conscientes.

Si no estamos de acuerdo con lo que nos dicen, en el caso de lo “negativo”, y lo tomamos como un insulto o afrenta, en vez de alterarnos y desquiciarnos –como es lo habitual-, nos quedaremos tranquilos y no permitiremos que eso afecte a nuestra estabilidad. Desde la objetividad y la ecuanimidad, en calma, lo revisaremos en otro momento. Y en esa observación verificaremos si en lo que nos han dicho hay algo de cierto, algo que no habíamos querido o no habíamos podido reconocer, o si lo único que hay es un error de apreciación por la otra parte o hay una clara intención de perjudicar con su maledicencia. Si pertenece a la primera posibilidad, hasta tendremos que agradecer que nos lo hayan hecho ver porque ese es el primer paso imprescindible para poder hacer cambios. Si sólo había mala intención y los otros estaban en un error, o si claramente tenían intención de perjudicar, entonces descartaremos lo que dijeron, lo olvidaremos y no nos daremos por aludidos.

Cuando el otro busca enfadarnos, hacernos sentir mal, perjudicarnos, lo que no tenemos que hacer –precisamente- es enfadarnos, sentirnos mal o sentirnos perjudicados, porque si lo hacemos así además de quedarnos mal, estaremos colaborando con nuestro agresor porque le estaremos ayudando a conseguir lo que él quería. Nosotros nos quedaremos mal mientras él se frota las manos porque ha conseguido, con nuestra explícita colaboración, lo que deseaba: hacernos daño.

Esto es tan cierto como lo he explicado.

Ante las agresiones verbales de los otros, ante los insultos y provocaciones, hay que mantener la calma hasta verificar la verdad o la irrealidad de sus acusaciones.

Repito: si nos sentimos dañados, nos quedaremos sufriendo mientras el otro se regodea en el éxito conseguido.

Les estaremos dando el poder sobre nuestra vida.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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