EL TIEMPO DE LOS ARREPENTIMIENTOS

“Con dolor, sintió algo tan decepcionante como haber malgastado en la rutina de una noria los pasos que podría haber empleado en un viaje inolvidable.”
(José Luís Alvite)

En mi opinión, todos los que pasado de los cuarenta años –algunos precoces incluso antes- hemos llegado ya a ese tiempo de los arrepentimientos. En realidad, todos los días son El Tiempo de los Arrepentimientos, aunque no lo celebremos pero lo suframos conscientemente.

Cuando tenía 13 años una de mis grandes preocupaciones era evitar llegar a ser un hombre mayor, viejo, y encontrarme impedido en una silla de ruedas con todo el día y el resto de la vida por delante para pensar, obsesivamente, en el mismo monotema: el arrepentimiento por todo aquello que no hice o por las cosas que no debería haber hecho.

Eso ha marcado mi vida, sin duda, y para bien, porque me ha hecho vivir en una sana “obsesión” –que no llega a tanto, es más bien una atención bastante consciente- por querer aprovechar el tiempo y la vida, para que cuando llegue ese momento previsto pueda tener la conciencia en paz, la vida llena y satisfecha, y pueda parafrasear al poeta y decir, con una sonrisa grandiosa, de autocomplacencia, y unos ojos brillantes, “confieso que he vivido… casi conscientemente y casi plenamente”.

No siempre lo logro, la verdad, pero sí tengo la sensación de que lo estoy haciendo bien y, como mucho, espero tener solo ligeras regañinas, y, además, espero que sean cariñosas por mi serena comprensión de que lo hice lo mejor que supe o como me permitieron las circunstancias.

Lo bueno que aporta ser reflexivo acerca de que llegará El Tiempo de los Arrepentimientos es que se produce una toma de conciencia y de consciencia, un examen de la realidad y de sí mismo: Uno se da cuenta.

Porque arrepentirse no es otra cosa que eso: darse cuenta, de una forma reflexiva, de algún suceso en nuestra vida que, en realidad, hubiéramos deseado que se hubiera desarrollado de otra manera.

Lo que no es tan adecuado es el modo. Porque esa reflexión que se forma tras darse cuenta de un suceso, no es reflexiva-comprensiva, que sería lo adecuado, sino reflexiva-culpante. Y esto último es innecesario. Las cosas no sólo se aprenden con castigos, sino que también se pueden aprender con amor y buena voluntad.

En mi opinión, el proceso más correcto tras darse cuenta de eso que hicimos u omitimos, y que nos puede llevar al arrepentimiento, sería sacar el aprendizaje que nos aporta porque es evidente que no nos apetece que se vuelva a repetir. Es evidente que hemos descubierto algo en nosotros que podemos mejorar, y eso debería ser un motivo de contento y no de enojo. Si descubro algo que es posible mejorar –“descubrir” es destapar lo que estaba cubierto, pero QUE YA ESTABA-, y lo mejoro, eso quiere decir que después de hacerlo seré un poco mejor de lo que soy ahora, por lo tanto ahora me puedo permitir enojarme todo lo que quiera al descubrirlo porque después me alegraré de haberme corregido y de estar un poco más cerca de ese proyecto que tengo para mí, tan humano y tan bonito, que quiero hacer realidad.

El siguiente paso, pero una vez que ya se le ha extraído la enseñanza, es tratar de remediarlo. Si hay otra persona implicada o es algo material que se puede resolver, hacerlo. Hablar con quien sea, explicarse, transmitir el sentimiento actual y el propósito de evitar que se vuelva a repetir ofreciendo sinceras disculpas. Si es algo material y es posible, reponerlo.

Después, sentarse con uno mismo, tranquilamente, como amigos íntimos, dejando fuera al crítico obsesivo, al inquisidor, al de las zancadillas, y al diablo que llevamos dentro, y conseguir hermanarnos con nosotros mismos. Ser reflexivos. “De acuerdo, no es lo que deseaba. Estoy mal, pero no sé si estoy mal por mí mismo, por no haber actuado del modo que considero apropiado, o estoy mal con el/lo otro por el daño que le he podido causar. O por todo al mismo tiempo. Pero no voy a empezar otra guerra conmigo mismo por este motivo. La próxima vez prestaré más atención. Ahora es el momento de revisar mis actitudes, mi forma de ser o hacer, lo que deseo, y con todo ello hacer un Plan de Vida que trataré de convertir en realidad”.

Ser conscientes en todo momento de lo que somos y de lo que hacemos u omitimos evita la necesidad de arrepentirse después.

Hoy es un buen día para revisar cosas, y ver cuáles pueden desembocar en futuros arrepentimientos. Y con esa información, y a partir de hoy, fomentar las que se deseen fomentar y evitar las que se deseen evitar. Si se desea más actividad sexual, subir a una cima de 5.000 metros, viajar, estar más con los familiares y amigos, romper o tirar algo, dejar de ser de cierto modo, etc., y si las circunstancias personales, físicas o económicas lo permiten… adelante.

Porque es posible que hoy se puedan hacer muchas de esas cosas, y en cambio, cuando llegue ese momento en que el cuerpo o las circunstancias ya no puedan acompañar, ya no será posible empacharse de actividad sexual, las cimas de 5.000 metros estarán muy lejanas y muy altas, el único país que se pueda visitar será la propia habitación, y los amigos o familiares ya no estarán físicamente presentes. Y esto es tan duro como cierto.

Los arrepentimientos, generalmente, vienen asociados a estados alterados en los que uno siente un gravoso pesar, contra sí mismo, y es un pesar agobiante, opresivo, que cancela cualquier futuro optimista y eclipsa cualquier esperanza. Se piensa que Todo es gris oscuro o negro –no es cierto, lo que pasa es que no se quieren ver los otros colores-. Que uno lo hace todo mal –piensa equivocadamente-. Que la vida es una mierda –y no es cierto-. Que no sé cuándo voy a aprender –date tiempo-. Que me siento mal –sé consciente de cómo te sientes y así antes de volver a repetirlo te lo pensarás dos veces-. Y lo peor es que creo que esto solo me pasa a mí –nos pasa a todos-. Soy tonto –no te menosprecies y no te insultes; ni siquiera tú tienes derecho a hacerlo. Respétate-. Ahora mismo no sería capaz de mirarme al espejo –pues déjalo para otro momento-.

Por esta retahíla de reproches y despropósitos hemos pasado casi todos. Ya sabemos lo que es. Lo hemos padecido.

Lo que queramos hacer no lo debemos aplazar y trasladar hasta nuestra más lejana edad, porque entonces ya va a ser tarde y algunas cosas se van a quedar irremediablemente en el mundo de los arrepentimientos cuando, si las resolviéramos hoy, se podrían convertir más adelante en un pasado más satisfactorio.

No hace falta esperar un Juicio Final, ni un veredicto externo. La honradez y la dignidad de cada uno, la conciencia y el alma, la atención y el amor propio, están perfectamente capacitados para hacernos ver esas facetas de nuestra vida -que a veces hasta nos las escondemos a nosotros mismos- que son susceptibles de ser cambiadas o modificadas.

Y cambiarlas o modificarlas, para que sean del modo apropiado, serán las razones para que al llegar al final de nuestras vidas tengamos una sensación pacífica de haber hecho las cosas bien o, cuanto menos, haber hecho lo humanamente posible por lograrlo.

ARREPENTIRSE

Por otra parte, la palabra arrepentirse tiene otra hermosa acepción: “Cambiar de opinión o no ser consecuente con un compromiso”. Y si uno tiene un compromiso con algo, con alguien, o consigo mismo, y no está satisfecho con él, y no hay obstáculo real para deshacerlo, lo mejor es arrepentirse.

Hay compromisos formalizados –contratos-, compromisos familiares simbióticos –algunos miembros de la familia, generalmente las hijas, son “absorbidas” de modo que no pueden desarrollar plenamente su personalidad o no pueden hacer su propia vida porque les han hecho creer que tienen que cuidar de los padres ancianos aunque con ello renuncien a su vida-, compromisos con uno mismo -que casi siempre son inconscientes, que no se sabe de dónde han surgido ni por qué; ni siquiera se conoce exactamente cuál es ese compromiso o hasta dónde y hasta cuándo llega-.

Si uno se preguntara por qué hace ciertas cosas y, sobre todo, para qué las hace, se encontraría con una cantidad grande, absorbente y agobiante, de cosas innecesarias de las que se puede desprender tranquilamente. Cosas que alguna vez pensó que debía hacer, o que alguien se las imbuyó, y las hace.

Arrepentirse de ello, y deshacer ese compromiso aportaría una tranquilidad siempre necesitada y siempre bien venida.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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