EL AMOR, UNO MISMO, Y LOS OTROS

En mi opinión, nuestra sociedad extravertida ofrece muy poco apoyo al recogimiento introvertido.

Se supone que tenemos que hacer cosas por los otros, preocuparnos por los demás, dar nuestro apoyo a causas nobles, ser altruistas, enérgicos en ese sentido, y cumplir con nuestro deber social.

Si optamos simplemente por ser nosotros mismos y centrarnos en nuestras necesidades personales o religiosas, nuestro presente y nuestra vida, los seres queridos pueden imaginar de inmediato que no estamos haciendo “nada”, y menos aún “por los otros”, y al principio es probable que hasta nosotros estemos de acuerdo.

Necesito prestarme atención y conocerme. Si no me conozco, no me puedo querer, y si no me quiero, probablemente el amor que siento por los demás sea una proyección de mi necesidad de que me acepten, o la búsqueda de un intercambio en que uno ofrece un sucedáneo de amor a cambio de un amor verdadero.

Entonces estaré actuando para que me quieran. Tendré miedo al rechazo. Si nadie me quiere, no existo. Pero… ¿A quién quieren los otros si yo no soy yo?, ¿Quién soy?

En la revisión de mi actitud hacia el amor, me encuentro ante un asunto tan amplio como indefinido, tan moldeable como receptivo a cualquier definición, tan esquivo como imposible de resumir.

Todo lo que se quiera decir sobre el amor se puede admitir como válido, ya que cada persona tiene un sentido del amor distinto en su planteamiento.

En la fuente original del amor, sin embargo, al no depender de las diversas relaciones que por lo general hacemos que constituyan la condición básica para la entrega del amor, éste nos eleva más allá. Nos hace sentirnos parte de algo indivisible, sólo vivo en el sentimiento. Nos hace ser libres y más receptivos de él que generadores.

Tony de Mello llegó a decir que “el amor es egocentrismo refinado. Al amar a alguien no es que se ame a alguien, sino las ventajas de compañerismo, afecto, placer, ayuda y apoyo que esa amistad trae”.

En realidad, el que practica la vía del amor debe practicar también la vía del desapego, para no entorpecer la evolución de las otras personas.

El amor es libertad. El amor no es una inversión, en la cual la fórmula es “yo te amo por lo tanto tu me debes el mismo amor más los intereses correspondientes”.

El amor es “yo te amo independientemente de que tu me ames o no, te amo incondicionalmente; por nada que hayas hecho especialmente, sino porque eres tú, y cada una de las personas del mundo es un tú”.

El amor es algo que no nos pertenece, es un regalo divino que traemos implantado en nuestro SER, del cual Dios nos hace administradores haciéndonos ver, eso sí, que es interminable y que podemos utilizarlo sin racionarlo. Dios nos nombra distribuidores de amor, repartidores incansables, generosos proveedores. Dios dice “esto es infinito y además proporcional: mientras más das, más crece y se multiplica.

Si algún día tuviéramos la claridad de verlo, y la valentía de decirlo, muchos podríamos firmar este pensamiento: “HE DESCUBIERTO QUE YO NO HE AMADO A NADIE EN LA VIDA”. Tal vez sólo hemos creído que amábamos.

Eso sí, el ídolo que hemos construido y hemos mostrado a nuestros conocidos se rompería en pedazos, en una explosión del ego de mil megatones. Y nos quedaría un mundo desolado, un hermoso solar diáfano en el que poder reconstruir una nueva capacidad de amar.

Ramiro Calle, en su libro El amor mágico y la sexualidad sagrada, dice que existe lo que él denomina amor consciente. “¿Qué es el amor consciente? Es el verdadero amor. Cualquier otro palidece al lado de éste o es un mero sucedáneo. Sin amor consciente, incluso el amor mágico y la sexualidad sagrada se convierten en un divertimento arropado de hipócritas conceptos. El amor consciente es el único que merece llamarse tal. Salvo algunas personas que lo experimentan como inherente a ellas, la mayoría de los seres humanos tienen que propiciarlo, cultivarlo y desarrollarlo. Todos tenemos, por lo general, muy obturado el centro psíquico del corazón. El amor consciente es el yoga más elevado y seguramente el más difícil. Resulta más fácil brillar con la mente que con el corazón. No es difícil ser un hombre de cerebro, pero sí lo es ser un hombre de corazón.
Es amor consciente es poner los medios para que los otros seres sean felices y evitarles en todo lo posible el sufrimiento; es amar con lucidez, sin dependencias ni aferramientos, atendiendo las necesidades vitales y de crecimiento de la persona amada”.

Todo amor del que se espera reciprocidad es una inversión, y no es amor, ya que no lleva el elemento radiante que implica el Amor Puro, que es la ausencia de intereses.

Se cuenta que un famoso escritor estaba enamorado de una dama y que ella no lo sabía. Cuando lo supo, se acercó al escritor y le dijo: “Ha llegado a mis oídos que está usted enamorado de mí”. “Así es –respondió él- pero eso es un asunto que sólo me incumbe a mí”.

Uno puede amar a otro aunque el otro no lo sepa, aunque el otro no sienta o manifieste lo mismo.

El amor consciente es aquel que uno lo siente y lo manifiesta, siente y acepta, siente y disfruta, porque el placer del amor está en sentirlo, en recrearse en él, y en maravillarse por la dicha de su existencia dentro del corazón o del alma de uno.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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