BIOGRAFÍA DE UNO CUALQUIERA DE TUS ERRORES

En mi opinión, casi todas las personas repetimos el mismo proceso –que más bien parece que se ha convertido en un lamentable protocolo obligatorio- en el cual damos el mismo paso – desacertado y contraproducente- cada vez que nos descubrimos en una equivocación: la auto-agresión.

Ya lo he repetido varias veces: eso que llamamos “errores” no siempre son errores. Hemos vivido en alguna ocasión la experiencia de comprobar que algo que en su momento nos pareció poco adecuado o incorrecto, acaba demostrándonos –una vez pasado el tiempo- que era lo mejor que podíamos hacer o lo mejor que nos podía pasar.

Los errores –en la mayoría de las ocasiones- acarrean una serie de pasos muy similares. El primero de ellos es la frustración. Uno se da cuenta de que se ha equivocado y que no se ha producido el resultado deseado, y comienza a recriminarse por no haberlo hecho bien y por no haber tomado la decisión acertada u otra distinta de la que tomó.

Y ese estado de auto-enojo, de auto-desprecio, esa mala relación que se instaura con uno mismo es del todo contraproducente y anula la objetividad que uno necesita para ser capaz de ver con imparcialidad lo que ha pasado, lo que ha llevado al “error”, para poder actuar del modo más adecuado en la próxima ocasión.

Y lo que debería pasar después de comprobar el “error”, y tras la reflexión oportuna, es la reconciliación con ese ser desolado que se siente mal, ese niño grande disgustado que no sabe controlar su enfado y que lo que está pidiendo, sin palabras, es un abrazo.

Todos los “errores” siguen un camino parecido: son un tiro directo a nuestra autoestima. Tenemos poca tolerancia a la frustración. Nos cuesta aceptar que el “error” es una de las probabilidades –y casi siempre es la mayoritaria- en todos nuestros actos. El error nos va a acompañar siempre en nuestro Camino. No es necesario asociar error a algo negativo.

No tenemos en cuenta que no estamos preparados para afrontar la vida del modo óptimo: no nos han preparado para eso. Pero en cambio nos exigimos como si fuésemos peritos o catedráticos de la materia.

En demasiadas ocasiones los magnificamos, hacemos un mundo de algo que tendría que quedar simplemente en la categoría de “experiencia”, o de “otra oportunidad de aprendizaje”.

El Amor Propio –o sea, el amor hacia uno mismo- es el mejor aliado para esas ocasiones, pero… no aparece en ese preciso momento.

Así que te recomiendo que tengas previsto un Plan de Actuación ante el descubrimiento de un “error”. Por ejemplo…

- Contar hasta 100.
- Recordar que más adelante no parecerá tan grave, así que es mejor no dramatizarlo en exceso.
- Tener en cuenta que se necesita objetividad para afrontarlo. Mejor que no haya nada de nervios ni histerismo, nada de auto-enfado y reproches. La perfección absoluta y siempre no está a nuestro alcance.
- Ser amable, comprensivo, incluso cariñoso: no hay que olvidar que somos humanos y no divinos ni perfectos. Amarse.
- Sacar lo positivo de lo negativo, o sea analizarlo bien para que en una posterior situación similar se sepa cómo actuar, qué hacer y qué no hacer.
- Calma. Serenidad. Sangre fría. Paciencia. Nada de alterarse, porque no ayuda nada. Buscar la solución en vez de quedarse estancado en la rabia.
- Nada de juzgarnos, criticarnos ni hundirnos.
- Tener cuidado de no aplicarnos una excesiva auto-exigencia.
- Dar gracias al “error” (esto va a ser más difícil…) porque de él aprenderemos.
- Seguir adelante.

A esto puedes añadir todas las demás ideas que quieras… siempre que vayan en una línea favorecedora y que no estén dictadas por la rabia, el rencor, o por una pataleta infantil.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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